Lo que significa decir adiós

Tadeus Díaz

Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

Me gustan mucho los rituales humanos. La mayoría de la población, al serles mencionada las palabras ritual humano, probablemente piense en una bola de negros con taparrabo bailando en rededor de un fuego. Corriendo el riesgo de sonar a un disco rayado me atreveré a culpar esto al proceso de globalización que se dio durante el siglo XVI de parte de los pueblos europeos. El primitivismo es una forma de ver a los pueblos del pasado y pensarlos como seres inferiores, en comparación a nosotros en la actualidad. Yo creo que esta misma mayoría no llamaría el dar flores a su pareja un ritual. No llamarían una boda un ritual. No llamarían a un padre enseñando a su hijo a conducir un ritual. Sin embargo, y para que estemos en la misma página durante todo este ensayo, me gustaría que abriéramos nuestra mente a lo que significa un ritual humano.

De entre todas estás células de comportamiento heredado por voz y experiencia hay una que me fascina aún más que las demás. El cómo decimos adiós. Podríamos pasarnos aquí un sin fin de páginas explorando la evolución de la palabra adiós o las teorías de porqué nos despedimos con una mano abierta o chocando nuestras dos palmas. Pero de lo que quiero hablarles hoy, mis queridos lectores, es de cómo decimos adiós a los muertos. Un funeral es algo que, de la misma manera que los ejemplos anteriores, mucha gente no consideraría un ritual. Sin embargo, no es solo de los rituales más antiguos de nuestra especie, si no de los más importante para nuestra psique social.

Los seres humanos somos seres sociales y los rituales son la respuesta de la evolución a esto. El tigre evolucionó rayas en su pelaje porque los individuos que presentaron esa mutación hace millones de años comían y se reproducían mejor en su hábitat lleno de vegetación. Las ballenas son los seres vivos más grandes de la tierra porque cada individuo que nacía más grande comía y se reproducía mejor en su hábitat marino. Para los hombres, aún siendo animales terrestres, nuestro hábitat es nuestra sociedad. Los individuos que formaron parte de rituales hace millones de años en los inicios de nuestra especie comían y se reproducían más. El ritual es nuestra forma de supervivencia y el funeral es el ejemplo más marcado de esto.

Este ensayo trata del rito funerario. Se trata de cómo despedimos a nuestros hermanos y de cómo hemos convertido está despedida en un momento de conexión. No se trata del cielo o del infierno. No se trata de cómo un imperio enterraba a sus muertos de guerra ni de cómo el rito funerario evolucionó hasta nuestro entendimiento actual. Se trata de seres humanos. Se trata de personas enterrando a sus hermanos, a sus hijos y a sus madres. Se trata de gente, no diferentes en ningún sentido fundamental a ustedes o yo, diciendo adiós. Diciendo adiós una última vez. Los veremos preparar a sus muertos, vestirlos, bañarlos incluso escribiéndoles música y bailando para ellos.

Les pido una sola cosa para leer esto, que a lo largo del texto no piensen en las diferencias superficiales que encuentren entre los sujetos que veremos. No piensen en por qué son diferentes. Piensen en por qué son iguales. Vean lo que estos hombres han hecho por sus muertos y como, debajo de sus ropas tradicionales, su lengua, su tono de piel y de su estructura social, son los mismos hombres. Algo que también he repetido mucho en estos ensayos es que somos el mismo chango. Tengan eso en mente mientras lean esto. Este ensayo trata de qué significa decir adiós.

Las palabras en latín al principio de este escrito son las primeras palabras que se recitan en una antigua misa de difuntos. También conocida como Requiem. Dónales, Dios, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine. El Requiem es un texto de origen católico que originalmente era recitado durante una misa funeraria. Sin embargo, su origen musical dio pie a que, al ir decrementando el poder de la iglesia en Europa, su letra se separara totalmente de su música. Así creando una trayectoria los motivos musicales del Requiem y una totalmente diferente el texto del mismo. Todo esto para llegar a 1791.

Para el siglo XVIII el Requiem aún se usaba como texto en la misa funeraria, sin embargo, ya era aceptado que este texto era libre para ser musicalizado. Y aquí es donde encontramos a Wolfgang Amadeus Mozart a sus 35 años. Se le es comisionado un Réquiem en el que trabajará por el resto de su corta vida. Mozart hoy es recordado como algo mucho más que un hombre, es recordado como un genio sin igual ni paralelo, pero como es costumbre con estas cosas al ver el contexto de su vida no cabe duda de que era, nada más ni nada menos, que un hombre. Su padre lo explotó y controló durante prácticamente toda su vida, al grado que cuando murió su madre en 1778, en compañía de Mozart, este fue culpado por su padre de no cuidarla y dejarla morir. Esta figura tan aterradora y monolítica de su padre, de igual manera, pronto fallecería en 1787. Todo esto contribuyó al deterioro mental del compositor. A lo que, en su último año de vida, se le sumaría una desgastante y mortal enfermedad. La última parte del Réquiem que Mozart escribió fue el Lacrymosa.

Lacrimosa dies illa, Qua resurget ex favilla, Judicandus homo reus.

Lamentable el día en que de las cenizas se levanten los hombres culpables, para ser juzgados

Mozart vivió en una comunidad y época profundamente religiosa. Y no vivió precisamente una vida santa de acuerdo a los arreglos de su religión natal. Gastó todo su dinero en lujos y fiestas extravagantes. Todo esto estuvo bien hasta que la misma vida lo hizo confrontar su mortalidad. La historia cuenta que un hombre enmascarado tocó un día en su casa para comisionar esta obra. Al parecer esta persona era un enviado de un músico que buscaba hacer pasar la composición de Mozart por la suya, explicando la discreción, pero sin importar quién era o porque esto no registro en Mozart más que como el destino tocándole la puerta. El Requiem, cuenta el cuento, que lo escribió para él, para su propia muerte. Jamás sabremos qué estaba pensando Mozart durante sus últimos días, horas o minutos de su vida. Pero nos podemos imaginar lo que sintió. Culpa.

Para mí, el Requiem de Mozart es una de las obras de arte más hermosas, desgarradoras y perfectas de la historia del hombre. Creo yo que pocas veces manos humanas han creado una obra tal como el Requiem. Y hay múltiples compositores con historias más tristes y más desgarradoras detrás de sus réquiems; pero hay algo en la armonía, en el contrapunto, en la forma en la que baila la orquesta alrededor de un coro enorme declamando su dolor y sus ruegos por misericordia y piedad de un Dios cruel pero compasivo, inhumano pero padre y origen de todo castigo y premio. Pocas veces los hombres han podido representar tanto sus sentimientos hacia, como el mismo, Dios que veneran. Mozart creo que lo logró. Al escucharlo no solo siento el dolor y la culpa, sino también la grandiosidad, la inmensidad y la megalofobia de un ente tan grande que hay que rogarle piedad.

Mientras recogía leña en el bosque, escuchó las voces de muchas personas que regresaban del pueblo una vez pasada la fiesta. Se escondió tras unas rocas para no ser visto y advirtió con sorpresa que se trataba de los difuntos que marchaban de regreso, cargando canastas y atados con servilletas repletas de comida. Su esposa llevaba consigo solamente una ración de quelites, ya que el hombre y sus hijos no prepararon otros platillos para recibirla. (Rodríguez, 2012, pp. 107)

Este fragmento es el testimonio de un hombre de la Sierra Zongolica en Veracruz, México. El relato completo cuenta cómo este hombre no pudo dejar más comida en el altar de su casa para su difunta esposa. Esta culpa lo acompañó hasta que llegó a su clímax viendo como el resto de espíritus visitantes se iban cargados de alimentos, mientras que su esposa solo se llevó una ración de quelites. Las costumbres funerarias de estos pueblos están fundamentalmente sincretizadas, teniendo casi tantos elementos católicos como tradicionales mesoamericanos. Ellos le rezan al Dios católico y a sus santos pero creen en la compañía de los naguales y en el retorno de las almas cada primero y segundo de noviembre.

El rito funerario tradicional en esta zona es bastante reconocible para nosotros. Todo comienza con la asignación de un padrino de cruz, este padrino comúnmente es el padrino de bautizo del muerto, sin embargo, es normal que este haya muerto antes o esté muy lejos, así que es común elegir a alguien más. Este padrino es ahora encargado, primordialmente, de conseguir y organizar todo lo necesario para el funeral. El funeral en sí les sonará bastante familiar. Comúnmente es en la casa del difunto y sus seres queridos y personas cercanas pasan a la casa a despedirse de él y comer la comida que las mujeres de la casa han preparado. Es costumbre también llevar regalos a la familia para ayudar con su condición económica. Tal vez a excepción de tener el cadáver de un ser querido en sus casas creo que esta parte es extremadamente reconocible.

Sin embargo, la siguiente parte es la que ha tenido a mi cabeza dando vueltas. Después de estas despedidas y este banquete, el padrino de cruz, debe vestir al difunto. Se le compra ropa nueva, se ahúma esta ropa con hierbas aromáticas y luego es deber del padrino vestirlo. Es también una creencia popular que la dificultad que este experimenta en su tarea es deliberada por el muerto. Se dice que sí es difícil de vestir al difunto es que se está resistiendo y no quiere dejar ir aún este mundo. En ocasión de la muerte de su abuela, una joven de Atlahuilco me relató que tras fallidos intentos del padrino de cruz para colocarle a aquélla los aretes recién obsequiados, ella logró ponérselos sin dificultad, ya que en vida habían sido muy próximas y la difunta esperaba sin duda, su intervención en esta tarea. (Rodríguez, 2012, pp. 101)

Es fácil tirar a estas comunidades como primitivas o como supersticiosas por las creencias que no compartimos, o por estar exageradamente preocupados con los espíritus a los que hemos matado con nuestra ciencia y nuestra razón. Pero les aseguro aquí sin un pelo de duda que estas personas son exactamente iguales a nosotros. No están más conectadas con su espiritualidad o muy centradas en sus creencias supersticiosas. A nosotros, seres nacidos en una sociedad eurocéntrica del siglo XX y XXI nos gusta hacer espectros alrededor de nosotros, y usar estos para justificar nuestra superioridad. Nos gusta decir que las personas nacidas y criadas en comunidades directamente descendientes de pueblos originarios son objetivamente menos avanzadas que nosotros pero que en compensación son más espiritualmente conectadas o lo que sea que digan los imbéciles whitexicans que les pagan por dar conferencias en universidades privadas y extranjeras. Ellos son lo mismo que nosotros, son lo mismo inclusive que esos whitexicans. En este mismo estudio se cuenta sobre una plegaria que dice el padrino de cruz al vestir a su difunto.

Xi kita, xik tlasohkamati, inin tzotzol, tlen mitzi maka ixpantziko in totahtzi ti kilis onimitz tlakenti amo nikneki tikihto inimitz kahka xipetzi (Agradece estos pedazos de remiendo que te doy, delante de Dios, para que des cuentas de que te vestí. No quiero que digas que te solté desnudo) (Rodríguez, 2012, pp. 101)

El hombre como es hoy siempre ha sido. Siempre vamos a sentir culpa, siempre vamos a preocuparnos, siempre vamos a querer a nuestros seres queridos vestidos de las mejores ropas. El ritual funerario, más que cualquier otro, nos une a toda nuestra especie. Nos une a lo largo del tiempo y del espacio. No hay civilización, pueblo, raza, lengua o religión en la que la gente no muera. Nos unen inclusive a la época en la que caminaban numerosos sapiens por la tierra. Me gustaría mencionar brevemente la parte del canibalismo en el ritual funerario. El ritual funerario nace como una necesidad de deshacerse de un cadáver. Los cadáveres se descomponen y atraen depredadores, simplemente no es práctico tenerlos al aire libre por doquier. La solución más antigua a este problema fue el canibalismo. Esto no debe entenderse como un acto amoral o perturbador, el canibalismo no pasaba como pasa hoy en las películas de terror. El consumir a seres de la misma especie de uno no es un acto en contra de la naturaleza o en contra de Dios. Es un mecanismo bastante natural para matar dos pájaros de un tiro. Es simplemente práctico.

Lo que yo encuentro fascinante de la humanidad y de nuestra mente es que esto no se quedó así. El canibalismo en múltiples regiones del mundo evolucionó naturalmente a la inhumación e incluso a la cremación. El propósito seguía siendo el mismo, no es bueno papalotear cadáveres al aire, pero esto dio pie a la creencia de una vida en ultratumba. Poco a poco, se teoriza, se fue formando la idea de una vida después del entierro o la cremación. Esto naturalmente evolucionó a preguntarse que ocuparían los muertos en su siguiente vida y de ahí empezaremos a encontrar ajuares y ofrendas dentro de tumbas humanas. Recalcaré por seguridad la palabra evolucionó. Nada de esto puede ser usado de manera confiable para evaluar el avance cognitivo, científico, político, económico o social de la tribu a la que se le atribuye el entierro o las ofrendas.

Ejemplos de estos ritos funerarios tempranos los encontramos en el origen del sedentarismo. Al asentarse en un lugar fijo nuestras contrapartes prehistóricas tuvieron que solucionar el problema de los cadáveres. De esta época se encuentra que fue muy popular a lo largo del viejo continente enterrar a los muertos directamente bajo su vivienda. Inclusive cuando se empiezan a encontrar necrópolis de tamaño considerable en muchos de estos pueblos los niños seguían siendo enterrados bajo sus casas. Otro ejemplo es la región de Jericó, actualmente Palestina, durante el Periodo Pre-Cerámico B (PPNB por sus siglas en inglés) que tomó lugar aproximadamente entre el 8300 a. C. y el 7000 a. C. En esta región se encontró que era parte de un rito funerario extraer el cráneo del muerto, post inhumación, y moldear alrededor de él los rasgos y facciones del difunto. Aunque es probable que esto tuviera, en su época, una explicación religiosa creo que es obvio porque lo hacían. Estas personas extrañaban a sus muertos. Querían volver a verlos. No querían dejar de verlos.

Desde que la humanidad empezó a enterrar a sus muertos se empezó una transformación psicológica que hasta día de hoy no hemos dejado ir. La muerte dejó de ser el fin y se volvió una transformación. El rito de paso es algo prácticamente igual de universal en las sociedades humanas. Es algo natural en las sociedades organizadas dividir la vida del individuo en segmentos. Y entre cada segmento debe hacerse un rito de transición. En nuestra sociedad actual tenemos muchos rituales de transición, de menores a mayores de edad, de solteros a casados, de adultos a ancianos y obviamente el más importante de todos, de vivos a muertos. Desde que se empezó a sedimentar en la mente humana la vida después de la muerte se consolidó el rito funerario como el rito de paso más importante en la vida de un individuo. El propósito de la ofrenda es literalmente perder objetos de valor para siempre con el fin de ayudar al difunto en su nueva vida.

Lo que hace tan bellos y tan terroríficos a los ritos humanos es que no tenemos ninguna necesidad fisiológica de hacerlos, e inclusive más cuando no solo no hay necesidad si no que es activamente perjudicial para los demás. Si hay una necesidad de enterrar a un muerto, pero no hay absolutamente ninguna necesidad de enterrar con él algunos de los objetos que más valoras. No es necesario sacar su calavera para reconstruir la cara de esa persona a la que tanto amabas. No es necesario vestir a tu ahijado muerto con ropa nueva y tirar un festín enorme en su nombre. No es necesario organizar a más de 50 personas para que interpreten una obra tan conmovedora que destroza toda semblanza de deidad en su creador. No tenemos por qué invitar a nuestra familia y amigos a un lugar a ver a nuestro hermano difunto mientras les invitas café y galletas. Nada de esto es necesario, pero lo hacemos porque nos hace humanos.

Lo hacemos porque extrañamos y porque nos sentimos culpables y porque nos sentimos tristes y porque todo en esta vida duele. Todo el mundo ama y por ende todo el mundo sufre. Durante estos 2 millones de años de historia humana y a lo largo de toda esta tierra verde y fértil hijos se han quedado sin padres, esposos se han quedado sin sus esposas, hermanos han perdido hermanos, mujeres han perdido a sus niños sin nacer. Está es la condición humana. Está es la experiencia humana. Sufrir por amor. Sufrir por amar mucho. Sufrir por darle a alguien el amor definitivo y que se vayan para siempre, sin explicación, sin palabras, sin acciones. Simplemente desaparecen.

La muerte es de esos fenómenos fundamentales a toda experiencia consciente. No hay ser vivo que no muera. Y no me vengan con sus mamadas de las medusas o los tardígrados, yo también fui a la secundaria y era adicto al internet, esas madres también mueren. Todos los seres conscientes, por necesidad, mueren. Este hecho inminente e impredecible naturalmente moldea de manera sustancial la forma en la que todos los seres vivos interactúan con el universo. Las ranas del Amazonas tienen sus colores brillantes porque no quieren morir. Las aves danzan y cantan porque no quieren morir. Los humanos evolucionaron el ritual por no querer morir.

Visto así todo parece tener poco chiste. Nada significa nada más que el deseo de ese algo por no dejar de ser algo. Pero, aunque creo que eso a un nivel fundamental es cierto, debemos reformularlo. Todo esto es porque queremos vivir. Los colores vívidos de los animales venenosos y los bailes y cantos de los pájaros por la mañana y todo lo bello en la naturaleza es porque nadie quiere morir. Aunque la vida para un animal del Amazonas o un ave de ciudad es una mierda quieren vivir. Los humanos creamos los rituales porque queremos vivir. La vida de un hombre hace 10,000 años probablemente era un infierno en comparación a hoy y, sin embargo, los vemos dejando lo poco que tenían en sus vidas bajo la tierra para que acompañen a sus seres queridos. La condición humana es amar a alguien más que a ti mismo, y cuando ellos se van seguir adelante y volver a amar a alguien así. No de la misma manera, no con las mismas condiciones. Pero si volver a amar a alguien más que a uno mismo. Por más guerras, masacres y monstruos que han plagado nuestra sangre, si tuviera que resumir estos 2 millones de años de historia en una palabra sería el amor. El amor es la única palabra en el lenguaje humano que es tan indefinible que logra explicarlo todo. Por amor hacemos todo lo que hacemos.

A mucha gente con una clara carencia de neuronas les gusta burlarse de las personas religiosas por ser supersticiosas. Yo por mucho tiempo fui así. Pensaba que era ridículo creer en Dios y en espíritus y en almas y en santos. Lo peor es que pensaba que tenían esas creencias porque eran débiles. Pensaba que creían todo esto porque no eran capaces de soportar la realidad sin un Dios, en contraste a mí que aguantaba todo sin gente en el cielo ayudando en todo. Y pasó lo que siempre pasa, la vida llegó tocando a mi puerta, y yo sobre mi ego le abrí confiado. Ahora entiendo que nadie soporta la vida. Antes creía que sabía de filosofía por haber escuchado del absurdísimo y saberle el nombre de Camus. Me ponía a balbucear que la vida no significaba nada y que entender eso me hacía inteligente. No era más que un niño.

Entendí con los años, golpes y amistades que la vida si tiene un significado. El significado de la vida es el amor. El amor de una madre a un hijo, de un padre a su padre y de un hermano a otro. Nadie sabe vivir. Nadie puede vivir así. Esto es un infierno. Pero no creamos la religión o los rituales o las tradiciones por debilidad. Las creamos por amor. Nos diluimos tanto en nuestra modernidad y nuestra ciencia y nuestro entendimiento que olvidamos apreciar lo que no se puede escribir o decir. El hombre es una especie social, todas nuestras fallas cognitivas carecen de sentido o explicación al verlas a través de la explicación de que la conciencia nació como un mecanismo para entender el entorno y sobrevivir mejor. Cobran todo el sentido del mundo al verlas a través de los lentes de la comunidad. Todo lo que nos entrenamos a controlar y eliminar de nuestro comportamiento, nuestros deseos, nuestras falacias, nuestros puntos ciegos, todos ellos son esenciales para formar parte de una comunidad. Los rituales fúnebres jamás han sido sobre los muertos. Siempre han sido sobre los vivos. Los antiguos humanos dejando sus posesiones preciadas dentro de las tumbas de sus seres amados o la gente de la sierra Veracruzana gastando fortunas en mandar listo a su amado al otro lado no lo hacen porque es algo que se hace y ya o porque es tradición y ya. Lo hacen porque es la forma de seguir adelante. Lo hacían y lo hacen y lo seguiremos haciendo todos porque el espíritu humano se trata de seguir. Siempre adelante y nunca para atrás. Los funerales nos sirven para dejar los restos mortales de nuestros seres amados pero cargar con nosotros la sonrisa con la que solían hablar, los ojos con los que solían ver el cielo, la voz con la que solían quejarse de las cosas más mundanas y la mente que solían saber siempre qué decir. La condición humana es seguir todos juntos adelante. Todos juntos hacia el futuro. Espero que con este ensayo les haya podido comunicar, mis queridos lectores, lo que a mí me tomó tanto entender. Que decir adiós significa decir te amo.

Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis: Cum sanctis tuis in aeternum, quia pius es.

Dales, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine: Como santos tuyos por la eternidad, pues eres misericordioso. (Últimas palabras del Requiem de Mozart)

Magarita, nikan kagki mo xochiotzi, shick tlasogkamati

Margarita, aquí está tu velita, agradécela. (Palabras dichas por la gente de la Sierra Zongolica para las almas que murieron siendo infantes)

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